domingo, 18 de julio de 2010

Otra Vez

Y giró la calle. Apenas diez segundos. Diez segundos que se hicieron eternos. A pesar de ser escasos metros, el tiempo en aquel momento se volvió inescrutable e infinito. Había ocurrido otra vez. ¿Cuántas oportunidades llevaba? ¿Cuántas rehusó? ¿Muchísimas? Según se mire. La verdad es que él provocaba las oportunidades. Lo hacía constantemente. Y lo hacía bien. Sin embargo, siempre le quedaba una ligera idea de ¿Y sí ésta era la última? Porque aquello precedía a un sinfín de cuestiones y miedos:

-¿Tengo un problema? ¿Porqué demonios soy así? - Se preguntaba-.

Para terminar en la autocompasión y la reafirmación de que quizás era de otro planeta.
Imagine una carrera: Te preparas. Hipotecas tu tiempo, tu sudor y pones de nuevo a examen la realidad de tus decisiones. Corres. Te preparas física y emocionalmente. Corres. Haces ejercicios para llegar en mejor forma. Corres. En fin, lo que todos hacen. Y llega el día. Te has preparado como el que más. Superas adversarios. Sigues corriendo. Saltas una valla. Y otra. Y sigues corriendo. Vislumbras la meta. Comienzan las dudas. Te detienes. Vas primero. Tus rivales aún no te han sobrepasado. Tu mente te envía cien mil señales, cien mil razones. Pero tú sólo encuentra una. No puedes. Tus rivales han llegado a la meta. Das media vuelta. El público expectante se pregunta porqué. Comienzan a proferir insultos.

-¿Esa es tu conciencia?
-Sí y las personas que contemplan cada día mis fracasos -respondió Nacho-.
-¿Ellos ganaron la carrera alguna vez?
-Quizás, sí.
-¿Si ellos son tu conciencia, quién soy yo?
-Pues tienes razón.
-Van a ser tus amigos entonces y aquella gente que los rodea.
-Pues si, van a ser.

Silencio incómodo. Vuelta a la realidad. La gente se acerca y te pregunta qué ha ocurrido.

- No lo sé -contesta como puede Nacho-.
-Pero tú si lo sabes, ¿no?
-Claro que lo sé; y no me hagas preguntas obvias porque tú sabes que lo sé, ¡que lo sabes! Qué lío. ¿Quién soy yo? ¿Éste plano físico y mental o tú eres el mental?
-Segun se mire, los procedimientos racionales tales como escribir, leer, hacer problemas de matematicas... etcétera, no los dirijo yo. Bueno, según la idea coloquial de conciencia. Quedémonos con esa idea.
-Pues sí, yo lo sé o no lo sé, pero ellos lo saben o al menos saben lo que yo les digo que se.
-Interesante. Acabas de dar con la tecla. Crees que sabes que te ocurre pero dices que crees que lo sabes. No, espera, que estás seguro que lo sabes.
-Si bueno, ¿creo que conozco mi vida, no? Es decir, como soy. Vale, reconozco que siempre tuve la curiosidad de que me psicoanalizaran. Más allá de mis valoraciones personales, estoy seguro que habría algo que me sorprendería.
-Y entonces ésto qué es? Reconoce que una vez estés sereno psicoanalizarás esto.
-No, porque estás cosas que te digo las sé. Yo soy así.
-¿Seguimos hablando del ejemplo de la carrera?
-¿De si sé porqué abandono cuando estoy a tres pasos de la meta? Ostias -se sorprendió a si mismo-, no se si lo hacías a propósito pero acabas de hacerme un símil impresionante. Es curiosísimo. ¡Yo mismo me respondo a mis cuestiones!
-Que no, que soy tu conciencia. ¿Algo tendré que ver, no?
-Joder, qué morro tienes. ¿Pero no asumes los fallos? Éste de la carrera, por ejemplo.
-Claro que los asumo.
-Sí, pero luego el que sufre soy yo.
-Creo que es la primera vez que acabas de preocuparte por tu conciencia. ¿Si añadieras la parte real a esta conversación perdería su sentido?
-No lo sé. No quiero hablar de eso. Además, cambio y corto. Terminemos la charla y centrémonos en el ejemplo.

Ese era el ejemplo de su vida. La carrera. Vaya ejemplo. Aunque la verdad, dicha sea de paso, es que si que ganó un par de carreras. Carreritas. Sencillitas eso sí, pero sin restar mérito. Aquellas eran la carrera de la accion-reacción; aquello que provocas tiene su consecuencia. Y la otra, la carrera del atrevimiento, forjada, eso sí, entre alcohol y tus labios. Ambas, en su momento, supusieron primeras etapas de euforia. De caminar hacia delante. Pero eran precedidas de fracaso, de melancolía. Algunas veces por motivos propios y otras secundarios.

Pero volvamos al epicentro de esta historia. Giró la calle. Frunció el ceño. Quiso llorar. Tal vez lloró. Siguió andando. Cruzando pasos de cebra. Girando más calles. Una noche de viernes. Una ficción. Aunque aquel paisaje no era de ficción. Mejor llamémosle la mañana del sábado. Seis y diez de la mañana. Un chico transita con presteza una calle, otra y otra más. Apenas ancianos mayores en la plaza, anduviendo despacio, como si el suelo les quisiera negar el siguiente paso. Y un chico acelera un paso de cebra ante la posible colisión de un coche.

-Precisamente siempre hay idiotas que me pillan. Justo a mi. A veces pienso que me están controlando, como en aquella película de Tom cruise.
-¿Tom Cruise?
-Jim Carrey. ¿Tú otra vez? Si esto va a seguir así no va a ser más que conversaciones absurdas que no llevan a ningún sitio al lector.
-¿Creías que esto siempre ha sido así?
-No, pensaba en Leticia.
-¿Leticia? Pero si eso fue hace dos años.
-Joder, en esta historia hipotética.
-Pero has metido a Leticia como epicentro de ella.
-Bueno, aún no, podría ser una secundaria.
-Me da igual, lo que me resulta interesante es que la has metido en la historia.
-Bueno, no sé, hay que empezar por algún sitio o por alguien.
-¿Pero porqué no puede ser una chica de ficcion?
-Vale, será una ficción sobre ella , aún lo he decidido, mejor dicho acabo de decidirlo: Por ahora vale. Quizás luego se quede.
-Desde el primer momento en que pensaste en ella ha entrado en la historia. ¿Recuerdos tal vez?
-No. Y está bien, tienes razón. Está presente en la historia ya. Será por algo. Vale. He errado. Bien.
-¿Qué crees que hace aquí?
-No sé, ella me resolvió algunas dudas, aunque me dejó algunos interrogantes y un cierto vacío existencial.
-Sí, de hecho de ahí nació parte de la idea aquella de escribir y todo eso.
-Sí, pudiera ser. Puede coincidir, sí.
-Bien. Fue una historia más, no le des la importancia que no tiene.
-Lo malo es que aún con todo tiene importancia para mi. No por ella, sino por algo extraído de su persona.
-Mentira. Es por su enseñanza.
-Sí, pensándolo bien fuera eso.
-¿Ves qué fácil es convencerte?
-Claro, porque me pillas  en un alterado estado emocional y demasiado melancólico. Recuerda: Estoy a seis de la mañana, cruzando calles, preguntándome porqué.
-Has salido bien de esta.
-Vale, terminemos la conversación, prosigamos la historia.

Y llegó a casa. Tiró la ropa encima de la cama de arriba. Abrió la ventana. Se echó en la cama. Y se puso a observar. A aquella cama, a aquel cuarto sucio con aquel armario abierto. Con cajas de zumo esparcidas por la mesa del escritorio. Y en medio ellas aquel plato. Joder, si parecía que la muerte y el cáncer estuvieran haciendo la fotosíntesis en aquel plato. Moscas. Calor. Mal olor. Ciertamente se asemejaba a la habitación de un junkie. Y además, la luz del despertar del nuevo día lo hacían todavía más deplorable, si es que pudiera ser. Miró hacia arriba. Veía el colchón y el somier. Qué bonita visión. Qué ironía. De repente alguien abrió la puerta. Era su hermano.
 -Nacho, no veas lo que me ha ocurrido. No veas. He perdido el móvil. Ésta noche. Estaba en aquel bar de negros del barrio de Jorge. Menuda putada.

Jorge era otro de sus hermanos. Éste joven que acababa de entrar era su hermano Luis. Rozando la treintena. Chico más bien bajo, con cuerpo fuerte y algo de sobrepeso. Pelo rizado, cara redonda, ojos oscuros. Pero la descripción física no es fundamental en esta historia. Para Nacho, Luis era una de aquellas personas a las que repudiaba por momentos debido a su carácter. Joven tímido, sin autoestima. Limitado mentalmente. Con buen corazón. Y con un gran vacío interior que trataba de llenar con la bebida.  Nacho tenía el conocimiento de que él era consciente de sus limitaciones. Pero que aquello lo ocultaba con aquella máscara de seguridad que a menudo obtienen los alcohólicos con su consumo.

-Ahora me has llamado.
-Sí, esta descripción de mi hermano me ha dado una idea. Desde hace unos años pensaba que el hecho de no razonar demasiado las cosas te hacía más propenso a la felicidad.
-¿Pensabas o lo piensas?
-Un poco de las dos cosas. O a caballo entre una u otra. Pienso que realmente si que estaba razonándolas siempre. Pero quizás sabiendo que esto me haría feliz.
-Pero, ¿a día de hoy no?
-No sé, quizás han aumentado mis miedos.
-Pero es un miedo absurdo.
-No, en aquel momento era otra persona. Con distinta identidad. Pero a dia de hoy no. Digamos que eso se ha quedado obsoleto.
-¿Obsoleto porqué? Tenías ilusiones, proyectos. Fue un cambio en tu vida. Y te dió muchas más oportunidades que esta actitud actual. ¿Qué ha cambiado? En el fondo no perdiste nada. ¿Amigos que ya no tenían cabida? ¿Historias inacabadas que te acercaban más a tu objetivo? Todo fueron buenas noticias. El problema es la persistencia. Ya se que te lo han dicho más veces. Pero es la verdad. Nunca terminas las cosas. Ni siquiera en tu camino hacia la búsqueda de la solución a tu problema y por ende la de tu felicidad. -No sé, erré en un par de ocasiones. Perdí la confianza en el intento. No seguí las reglas hasta el final.
-Bueno, pero puedes volver a comenzar. Es la carrera de tu vida.
-A ver si ahora va a ser más optimista mi conciencia que yo.
-Muchísimo más, de lo contrario estarías muerto.

Luis: Un tipo que no podía subir a los autobuses sino era acompañado. Que no podía ir a ningún sitio sin alguien. Un tipo perdido. A golpes de sobreprotección el pájaro no echó a volar, prefiero quedarse refugiado en el nido. Nacho sabía que era su hermano más inestable. Por alguna extraña razón le tenía miedo. Nacho creía conocer la razón. No sabía si le dolía. Le odiaba en algunos momentos. Pero en otros se sentía muy semejante a él.

Luis siguió hablándole de sus cosas. Ante el silencio de Nacho se marchó haciendo aspavientos y murmurando. Nacho quería dormir. Tardó en hacerlo. Pero se durmió.