lunes, 30 de enero de 2012

Día A Día

Nunca fui un estudiante modelo. Puede sonar hipócrita que una persona que, por regla general, estudiaba el día de antes, no asistía regularmente a las clases, se conformaba con un aprobado raspado o que perdía largas horas de su tiempo de clase abstraído en sus escritos, en letras de canciones o en el vuelo tímido de una mosca criticara hábitos como los que he presenciado hoy día.

Estudio un grado de Relaciones Laborales y Recursos Humanos en una universidad pública madrileña. Las clases tienen una duración de hora, hora y media o dos horas dependiendo de la asignatura. Es común que, para no saturar demasiado a los alumnos y profesores, las clases terminen unos minutos antes. La realidad es que este proceder se ha convertido en hábito, de tal modo que los alumnos suelen empezar a recoger cinco, diez o incluso quince minutos antes. Este hecho es aún más notorio cuando las clases duran dos horas, dándose por sobreentendido que la duración de las clases es de hora y media sin descanso entre medias.

Sin embargo, hoy la profesora de estadística mostró su estupor ante el imparable goteo de salidas del aula que se producía cuando la clase marcaba una hora y media de apuntes, conceptos y fórmulas. Aquel run run de las mesas provocado por la impaciencia y el tedio desplazó en decibelios la voz serena y frágil de la profesora.

- Las clases en los grados duran cincuenta y cinco minutos. - dijo, entrecortada, como pudo, la educadora.

El ajetreo se hizo más latente. Un muchacho, entre gestos despectivos, desafiante, acertó a decir:

- La clase empieza y acaba cuando digo yo.

La realidad es que no logro entender ciertas cosas. Más que censurar el comportamiento de los alumnos me pregunto hasta qué punto las personas han sabido elegir bien hacia dónde irá su vida. No me entra en la cabeza que se desperdicien enseñanzas, conocimientos nuevos, necesarios para el fin último de la carrera que hemos elegido. ¿En qué punto se perdió la ilusión por lo que estudiamos? Muy probablemente esa posibilidad de dedicar parte de tu tiempo al aprendizaje con un tutor dentro de unos años no exista. Seguramente sean los últimos. ¿Cómo es normal no tener ilusión por aprender algo que tú mismo, libre y personalmente, has elegido? ¿Pagarían por ir a ver una obra de teatro y les dirían a los actores que porqué no terminan de una vez? Se supone que estas clases son parte del camino hacia nuestros sueños, hacia nuestras profesiones del mañana, hacia aquello que ¡ojalá! nos va a dar de comer en un futuro y que nos va a hacer levantarnos con ganas cada día. Porque nos gusta lo que hacemos, lo que hemos estudiado y de lo que vamos a trabajar.
Luego también existe el argumento de que el sistema educativo no es motivador. Personalmente pienso que quizá nuestra elección no es motivadora. Hace tiempo aprendí un truco que me sirve para prestar atención de manera casi adictiva a la clase. Puede parecer absurdo pero me imagino que el profesor es una persona que, en una noche de fiesta, me cuenta precisamente esa clase, mostrándome su abanico de conocimientos.

En definitiva, la clase terminó a las seis y media, quedándome con la duda de quién daba más pena: si la profesora, que marchaba con paso lento hacia la puerta o si nosotros que desperdiciariamos media hora más de nuestras vidas en no hacer nada.

domingo, 29 de enero de 2012

Pierangelo Bertoli - Adaptación Voglia di libertà

Ganas De Libertad - Pierangelo Bertoli

Querría poder tocar un poco más
y después seguirte hasta el fin del mundo.
Me vestiré con trapos como soy,
y estaré listo para ser un vagabundo.

Y contaré a todos mi pasado,
que es un muestrario de mediocridad.
Y aceptaré lo mucho que me costó
y que te perdí, te amo, Libertad.

Por tí yo venceré este miedo
a salir desnudo y cansado de estos muros,
de este mundo pequeño e insignicante,
donde reina quien hace trampas y quien no vale.

Me reflejaré pero sin hipocresía
en el agua donde se hunden las mentiras.
Y lavaré de mi corazón la vergüenza
de las trampas hechas en esta alcantarilla.

Me ves un poco indeciso, ¿pero qué importa?
Me bastará cruzar sólo una puerta
y un mundo nuevo se abrirá delante.
Incierto pero limpio de engaños.

Y no tendré a nadie a quien cuidar,
ninguno me llamará "Papá",
ni una mujer a la que amar,
pero tengo un sólo amor: mi libertad.

Pero debería tirar el miedo
a salir desnudo y cansado de estos muros,
de este mundo pequeño e insignificante,
donde reina quien hace trampas y quien no vale.


Me reflejaré pero sin hipocresía
en el agua donde se hunden las mentiras.
Y lavaré de mi corazón la vergüenza
de las trampas hechas en esta alcantarilla.

Es fácil hablar pero el coraje
si no lo tienes dentro no lo puedes encontrar.
No es como un trozo de queso,
que cuando tienes hambre puedes comprártelo.


Si libertad significa renunciar a todo lo que ofrece la realidad
entonces, vieja amiga, lo siento,

lo siento mucho pero yo me quedo aquí..
A soportar aún el miedo
de vivir, cada día, entre estos muros.
En este mundo pequeño e insignicante
donde reina quien hace trampas y quien no vale.

A veces servirá la hipocresía,
a veces cualquier pequeña mentira.
Pero no se está tan mal en esta alcantarilla
si sabes esconder bien la vergüenza.