jueves, 30 de diciembre de 2010

¿Porqué?

Preguntas a mis manos si he querido
a alguien más allá de mi persona.
¿Acaso crees que mis neuronas,
mi alma, mi razón y hasta mi credo
no siguen su camino y me abandonan?

¿Porqué examinas mi conciencia?
¿Porqué atenazas mis entrañas?
¿Porqué detrás de esta maraña
de miedos, pensamientos e incoherencia
cada vez siento más lejos el mañana?

Yo, que vendí mis sueños, mi esperanza,
que regresé al espacio gris de la memoria,
que revestí los cimientos de esta historia
de estulticia, de dédalos y añoranza
de una manera triste e irrisoria.

Yo, que escribí las miserias de una vida
de catástrofes, de líneas amarillas,
para caer en un lugar repleto de gravilla,
encerrando cada paso, cada herida,
como el fuego en una caja de cerillas.

sábado, 25 de diciembre de 2010

¿?

Viaje entre tres hermanos. Podría tratarse de Palma de Mallorca, por ejemplo. El piso era reducido y acogedor aunque sólo tenía dos camas. Paco se dispuso a colocar una colchoneta sobre el suelo. Recuerdo que aquel día celebraba mi cumpleaños con los compañeros de mi antigua facultad pese a ser 10 de Enero. Alrededor de las diez de la noche todos los invitados debían estar; sin embargo sólo se encontraban C, ¿V? -¿Qué hacía allí?- y dos personas anónimas. El cumpleaños se celebraba en el paseo del río. Les advertí que sólo podría quedarme un rato porque debía estar en el piso de Palma más tarde. Sin embargo el cumpleaños se celebraba en Alcalá de Henares. De ésta incongruencia me percataría más adelante. Comenzaron a arribar los invitados y yo, cada vez más impaciente miraba el reloj de manera secuencial.
De repente me marché a mi casa, ante el asombro de los allí presentes.
Inicié una conversación con mi consciencia mientras miraba por última vez SU rostro:

- ¿Criticarán que me haya marchado al poco de llegar siendo mi cumpleaños?
- Pienso que sí.

Por el camino encontré a mi hermano Juan, visiblemente ebrio. Proseguimos hasta el piso de Alcalá y pulsé el 2ºC. Me abrieron sin preguntar quién sería. De improviso mi hermano comenzó a vomitar dentro del portal. Me dió la impresión de que había vomitado antes. Le sujeté con presteza pues sus andares iniciaban una marcha en zig zag lo bastante peligrosa como para dar de bruces contra el suelo. Curiosamente Juan puso el toque racional a la historia con una pregunta:

-¿Qué hacemos aquí? ¿No deberíamos estar en el piso de Palma?
- Pues tienes razón, ¿y porqué sales por Alcalá si tenías que estar allí conmigo?

Era casi un reproche, lo curioso es que yo, al igual que él, tampoco debería estar en Alcalá.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Rezo

Sincero es este ruego a ti enviado;
honesto, quizás inmerecido.
Ingrato es este, mi último, bahído;
carente en cierta parte de sentido.

Inútil, incoherente y a desmano;
insano, frágil, débil mi alarido.
incesante y lastimoso este latido
que puede, incandescente, ser en vano.

Cercanas mis palabras susurradas,
distante al mismo tiempo en que te envío
mi fe, esta esperanza, este vacío,
que envuelve cada parte de esta estancia.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Joder...

Me faltan abrazos,
noches sin bebida.
Estrechar más lazos
sin diapositivas.

Sentir que, entre brazos,
no existen barreras.
Dejar las quimeras
pudrirse vacías.

Dejar la apariencia
echarse al costado
de la ingratitud,
de la incongruencia.

Creer que en la esencia
de nuestra esperanza
se encuentra la voz
de nuestra inconsciencia.

Ganar cada guerra
o cada batalla;
por inútil que sea,
por valiente que parezca.

No quiero una tierra,
no quiero medallas,
no busco algo etéreo,
que no lo merezca.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Otra Vez

Aquella mañana sería una mañana más. Con aquel paisaje desolador que se había instaurado hace tiempo en aquella estancia. Con la misma sensación de desgana y remordimientos. Pensó en volver a echarse a dormir. Pero tenía que continuar. Aquella farsa programada requería de picardía y de un hábito de excusas y promesas difícilmente realizable. Se vistió con rapidez y salió de casa.

Curiosos son los días laborables. Sobretodo los lunes a primera hora de la mañana. Caras sombrías, serenas, con el perfume de la nostalgia del fin de semana pasado. Caras con ojos negros, caras derrotadas por lo impuesto. Obligadas a vivir estigmatizadas por la agonía de aquel lunes. La parada del seis estaba abarrotada. Nacho dirigió la vista hacia una chica que conoció en el colegio. Prejuicio. Asco. Aceptación. Cordialidad. Lejanía. Odio. Esa era la gran montaña de sensaciones que sintió hacía aquella persona. Evitaban verse para no llegar a la temida situación bochornosa de darse un saludo no correspondido por alguno de los dos. Por esa razón negaba ante los suyos su día a día. Inventaba exámenes, apuntes, anécdotas de su vida universitaria.

Hubo suerte. El autobús partió y aquella chica ya había subido. Realmente era algo absurdo. Él llegaría tarde a cambio de no existir esa posibilidad de saludarse. ¿Realmente hubo suerte? ¿No era mucho mejor afrontar aquella especie de problema? No. Aquella no era una mañana en la que uno se siente que puede con todo. Pesaban demasiado aquellas losas de cemento imaginario que obligan a suicidarse emocionalmente todas las mañanas del lunes.
-Y tú, ¿qué?
- Esas mañanas suelo caminar. Pero en el fondo, más allá de aquel esfuerzo que origina madrugar, más allá de esa sensación triste de obligación, siento envidia hacia ellos. Saben donde van. Y qué hacer. Yo no tengo ni eso. Tengo esta cartera llena de libros y apuntes inútiles a día de hoy, Tengo este reloj que me marca el tiempo que voy a perder esta mañana. Tengo estas piernas que no tienen ni idea de qué se van a encontrar.
-Curioso, ¿no? Tú que le das tanto valor al tiempo.
- Efectivamente. Sin embargo no puedo ser sincero. Ya me duele serlo conmigo mismo. Imagínate con los demás.
- Y por cuánto tienes previsto que dure esto?

Era una buena pregunta. Una pregunta, sin embargo, reiterativa. No era la primera vez que se la formulaba. Nacho se había instalado desde hace tiempo en una especie de statu-quo sin retorno. No admitía aquella situación pero tenía la sensación de que no podía hacer nada para remediarla. Nacho manejaba como podía aquellas dos vidas paralelas. Para muchos era ese joven que estudiaba una prometedora carrera. Un chico feliz, culto y decidido en cuanto a su presente. Con dudas pero que tenía bien asignado su futuro. Despierto aunque tímido. Con inquietudes y sueños pero con un gran sentido práctico. Pese a ello, su alter ego describía un muchacho apático, derrotado. Excéptico, incapaz, lacónico, imaginativo e irreal. Nacho había abandonado sus estudios universitarios de manera formal pocos meses antes.  La sombra de aquel nuevo fracaso era demasiado alargada como para desvanecer la confianza y las ilusiones depositadas en su otra realidad.

No Nos Damos Cuenta

.. Y es cierto. No nos damos cuenta. Seguramente un escrito de similar contenido se habrá contado mucho antes. Pero precisamente en eso radica su importancia. En que no nos damos cuenta. A menudo nos cuestionamos acerca de nuestra felicidad sin contemplar acaso aquellos detalles que nos hacen seres humanos, que nos hacen personas. Dicen que la felicidad se concentra en las pequeñas cosas. Pequeños detalles imperceptibles en el cotidiano vaivén que llamamos vida. Pero, como niños pequeños, cuando dejan de ser entendemos perfectamente el valor que tienen. Poder respirar sin congestión, consumir alimentos sin dolor. Sonreir. Llorar. Mantener la mirada fija. Pequeñas cosas que, a día de hoy, seguramente no entendemos como un complemento hacia la felicidad. Sin embargo un percance pone a examen nuestras percepciones. Y es que estamos rodeados de vida. Nos movemos. Gesticulamos. Vocalizamos. Pensamos. Entendemos. Amamos. Y nos parece tan sumamente normal.

domingo, 18 de julio de 2010

Otra Vez

Y giró la calle. Apenas diez segundos. Diez segundos que se hicieron eternos. A pesar de ser escasos metros, el tiempo en aquel momento se volvió inescrutable e infinito. Había ocurrido otra vez. ¿Cuántas oportunidades llevaba? ¿Cuántas rehusó? ¿Muchísimas? Según se mire. La verdad es que él provocaba las oportunidades. Lo hacía constantemente. Y lo hacía bien. Sin embargo, siempre le quedaba una ligera idea de ¿Y sí ésta era la última? Porque aquello precedía a un sinfín de cuestiones y miedos:

-¿Tengo un problema? ¿Porqué demonios soy así? - Se preguntaba-.

Para terminar en la autocompasión y la reafirmación de que quizás era de otro planeta.
Imagine una carrera: Te preparas. Hipotecas tu tiempo, tu sudor y pones de nuevo a examen la realidad de tus decisiones. Corres. Te preparas física y emocionalmente. Corres. Haces ejercicios para llegar en mejor forma. Corres. En fin, lo que todos hacen. Y llega el día. Te has preparado como el que más. Superas adversarios. Sigues corriendo. Saltas una valla. Y otra. Y sigues corriendo. Vislumbras la meta. Comienzan las dudas. Te detienes. Vas primero. Tus rivales aún no te han sobrepasado. Tu mente te envía cien mil señales, cien mil razones. Pero tú sólo encuentra una. No puedes. Tus rivales han llegado a la meta. Das media vuelta. El público expectante se pregunta porqué. Comienzan a proferir insultos.

-¿Esa es tu conciencia?
-Sí y las personas que contemplan cada día mis fracasos -respondió Nacho-.
-¿Ellos ganaron la carrera alguna vez?
-Quizás, sí.
-¿Si ellos son tu conciencia, quién soy yo?
-Pues tienes razón.
-Van a ser tus amigos entonces y aquella gente que los rodea.
-Pues si, van a ser.

Silencio incómodo. Vuelta a la realidad. La gente se acerca y te pregunta qué ha ocurrido.

- No lo sé -contesta como puede Nacho-.
-Pero tú si lo sabes, ¿no?
-Claro que lo sé; y no me hagas preguntas obvias porque tú sabes que lo sé, ¡que lo sabes! Qué lío. ¿Quién soy yo? ¿Éste plano físico y mental o tú eres el mental?
-Segun se mire, los procedimientos racionales tales como escribir, leer, hacer problemas de matematicas... etcétera, no los dirijo yo. Bueno, según la idea coloquial de conciencia. Quedémonos con esa idea.
-Pues sí, yo lo sé o no lo sé, pero ellos lo saben o al menos saben lo que yo les digo que se.
-Interesante. Acabas de dar con la tecla. Crees que sabes que te ocurre pero dices que crees que lo sabes. No, espera, que estás seguro que lo sabes.
-Si bueno, ¿creo que conozco mi vida, no? Es decir, como soy. Vale, reconozco que siempre tuve la curiosidad de que me psicoanalizaran. Más allá de mis valoraciones personales, estoy seguro que habría algo que me sorprendería.
-Y entonces ésto qué es? Reconoce que una vez estés sereno psicoanalizarás esto.
-No, porque estás cosas que te digo las sé. Yo soy así.
-¿Seguimos hablando del ejemplo de la carrera?
-¿De si sé porqué abandono cuando estoy a tres pasos de la meta? Ostias -se sorprendió a si mismo-, no se si lo hacías a propósito pero acabas de hacerme un símil impresionante. Es curiosísimo. ¡Yo mismo me respondo a mis cuestiones!
-Que no, que soy tu conciencia. ¿Algo tendré que ver, no?
-Joder, qué morro tienes. ¿Pero no asumes los fallos? Éste de la carrera, por ejemplo.
-Claro que los asumo.
-Sí, pero luego el que sufre soy yo.
-Creo que es la primera vez que acabas de preocuparte por tu conciencia. ¿Si añadieras la parte real a esta conversación perdería su sentido?
-No lo sé. No quiero hablar de eso. Además, cambio y corto. Terminemos la charla y centrémonos en el ejemplo.

Ese era el ejemplo de su vida. La carrera. Vaya ejemplo. Aunque la verdad, dicha sea de paso, es que si que ganó un par de carreras. Carreritas. Sencillitas eso sí, pero sin restar mérito. Aquellas eran la carrera de la accion-reacción; aquello que provocas tiene su consecuencia. Y la otra, la carrera del atrevimiento, forjada, eso sí, entre alcohol y tus labios. Ambas, en su momento, supusieron primeras etapas de euforia. De caminar hacia delante. Pero eran precedidas de fracaso, de melancolía. Algunas veces por motivos propios y otras secundarios.

Pero volvamos al epicentro de esta historia. Giró la calle. Frunció el ceño. Quiso llorar. Tal vez lloró. Siguió andando. Cruzando pasos de cebra. Girando más calles. Una noche de viernes. Una ficción. Aunque aquel paisaje no era de ficción. Mejor llamémosle la mañana del sábado. Seis y diez de la mañana. Un chico transita con presteza una calle, otra y otra más. Apenas ancianos mayores en la plaza, anduviendo despacio, como si el suelo les quisiera negar el siguiente paso. Y un chico acelera un paso de cebra ante la posible colisión de un coche.

-Precisamente siempre hay idiotas que me pillan. Justo a mi. A veces pienso que me están controlando, como en aquella película de Tom cruise.
-¿Tom Cruise?
-Jim Carrey. ¿Tú otra vez? Si esto va a seguir así no va a ser más que conversaciones absurdas que no llevan a ningún sitio al lector.
-¿Creías que esto siempre ha sido así?
-No, pensaba en Leticia.
-¿Leticia? Pero si eso fue hace dos años.
-Joder, en esta historia hipotética.
-Pero has metido a Leticia como epicentro de ella.
-Bueno, aún no, podría ser una secundaria.
-Me da igual, lo que me resulta interesante es que la has metido en la historia.
-Bueno, no sé, hay que empezar por algún sitio o por alguien.
-¿Pero porqué no puede ser una chica de ficcion?
-Vale, será una ficción sobre ella , aún lo he decidido, mejor dicho acabo de decidirlo: Por ahora vale. Quizás luego se quede.
-Desde el primer momento en que pensaste en ella ha entrado en la historia. ¿Recuerdos tal vez?
-No. Y está bien, tienes razón. Está presente en la historia ya. Será por algo. Vale. He errado. Bien.
-¿Qué crees que hace aquí?
-No sé, ella me resolvió algunas dudas, aunque me dejó algunos interrogantes y un cierto vacío existencial.
-Sí, de hecho de ahí nació parte de la idea aquella de escribir y todo eso.
-Sí, pudiera ser. Puede coincidir, sí.
-Bien. Fue una historia más, no le des la importancia que no tiene.
-Lo malo es que aún con todo tiene importancia para mi. No por ella, sino por algo extraído de su persona.
-Mentira. Es por su enseñanza.
-Sí, pensándolo bien fuera eso.
-¿Ves qué fácil es convencerte?
-Claro, porque me pillas  en un alterado estado emocional y demasiado melancólico. Recuerda: Estoy a seis de la mañana, cruzando calles, preguntándome porqué.
-Has salido bien de esta.
-Vale, terminemos la conversación, prosigamos la historia.

Y llegó a casa. Tiró la ropa encima de la cama de arriba. Abrió la ventana. Se echó en la cama. Y se puso a observar. A aquella cama, a aquel cuarto sucio con aquel armario abierto. Con cajas de zumo esparcidas por la mesa del escritorio. Y en medio ellas aquel plato. Joder, si parecía que la muerte y el cáncer estuvieran haciendo la fotosíntesis en aquel plato. Moscas. Calor. Mal olor. Ciertamente se asemejaba a la habitación de un junkie. Y además, la luz del despertar del nuevo día lo hacían todavía más deplorable, si es que pudiera ser. Miró hacia arriba. Veía el colchón y el somier. Qué bonita visión. Qué ironía. De repente alguien abrió la puerta. Era su hermano.
 -Nacho, no veas lo que me ha ocurrido. No veas. He perdido el móvil. Ésta noche. Estaba en aquel bar de negros del barrio de Jorge. Menuda putada.

Jorge era otro de sus hermanos. Éste joven que acababa de entrar era su hermano Luis. Rozando la treintena. Chico más bien bajo, con cuerpo fuerte y algo de sobrepeso. Pelo rizado, cara redonda, ojos oscuros. Pero la descripción física no es fundamental en esta historia. Para Nacho, Luis era una de aquellas personas a las que repudiaba por momentos debido a su carácter. Joven tímido, sin autoestima. Limitado mentalmente. Con buen corazón. Y con un gran vacío interior que trataba de llenar con la bebida.  Nacho tenía el conocimiento de que él era consciente de sus limitaciones. Pero que aquello lo ocultaba con aquella máscara de seguridad que a menudo obtienen los alcohólicos con su consumo.

-Ahora me has llamado.
-Sí, esta descripción de mi hermano me ha dado una idea. Desde hace unos años pensaba que el hecho de no razonar demasiado las cosas te hacía más propenso a la felicidad.
-¿Pensabas o lo piensas?
-Un poco de las dos cosas. O a caballo entre una u otra. Pienso que realmente si que estaba razonándolas siempre. Pero quizás sabiendo que esto me haría feliz.
-Pero, ¿a día de hoy no?
-No sé, quizás han aumentado mis miedos.
-Pero es un miedo absurdo.
-No, en aquel momento era otra persona. Con distinta identidad. Pero a dia de hoy no. Digamos que eso se ha quedado obsoleto.
-¿Obsoleto porqué? Tenías ilusiones, proyectos. Fue un cambio en tu vida. Y te dió muchas más oportunidades que esta actitud actual. ¿Qué ha cambiado? En el fondo no perdiste nada. ¿Amigos que ya no tenían cabida? ¿Historias inacabadas que te acercaban más a tu objetivo? Todo fueron buenas noticias. El problema es la persistencia. Ya se que te lo han dicho más veces. Pero es la verdad. Nunca terminas las cosas. Ni siquiera en tu camino hacia la búsqueda de la solución a tu problema y por ende la de tu felicidad. -No sé, erré en un par de ocasiones. Perdí la confianza en el intento. No seguí las reglas hasta el final.
-Bueno, pero puedes volver a comenzar. Es la carrera de tu vida.
-A ver si ahora va a ser más optimista mi conciencia que yo.
-Muchísimo más, de lo contrario estarías muerto.

Luis: Un tipo que no podía subir a los autobuses sino era acompañado. Que no podía ir a ningún sitio sin alguien. Un tipo perdido. A golpes de sobreprotección el pájaro no echó a volar, prefiero quedarse refugiado en el nido. Nacho sabía que era su hermano más inestable. Por alguna extraña razón le tenía miedo. Nacho creía conocer la razón. No sabía si le dolía. Le odiaba en algunos momentos. Pero en otros se sentía muy semejante a él.

Luis siguió hablándole de sus cosas. Ante el silencio de Nacho se marchó haciendo aspavientos y murmurando. Nacho quería dormir. Tardó en hacerlo. Pero se durmió.