Me faltan abrazos,
noches sin bebida.
Estrechar más lazos
sin diapositivas.
Sentir que, entre brazos,
no existen barreras.
Dejar las quimeras
pudrirse vacías.
Dejar la apariencia
echarse al costado
de la ingratitud,
de la incongruencia.
Creer que en la esencia
de nuestra esperanza
se encuentra la voz
de nuestra inconsciencia.
Ganar cada guerra
o cada batalla;
por inútil que sea,
por valiente que parezca.
No quiero una tierra,
no quiero medallas,
no busco algo etéreo,
que no lo merezca.
domingo, 12 de septiembre de 2010
sábado, 4 de septiembre de 2010
Otra Vez
Aquella mañana sería una mañana más. Con aquel paisaje desolador que se había instaurado hace tiempo en aquella estancia. Con la misma sensación de desgana y remordimientos. Pensó en volver a echarse a dormir. Pero tenía que continuar. Aquella farsa programada requería de picardía y de un hábito de excusas y promesas difícilmente realizable. Se vistió con rapidez y salió de casa.
Curiosos son los días laborables. Sobretodo los lunes a primera hora de la mañana. Caras sombrías, serenas, con el perfume de la nostalgia del fin de semana pasado. Caras con ojos negros, caras derrotadas por lo impuesto. Obligadas a vivir estigmatizadas por la agonía de aquel lunes. La parada del seis estaba abarrotada. Nacho dirigió la vista hacia una chica que conoció en el colegio. Prejuicio. Asco. Aceptación. Cordialidad. Lejanía. Odio. Esa era la gran montaña de sensaciones que sintió hacía aquella persona. Evitaban verse para no llegar a la temida situación bochornosa de darse un saludo no correspondido por alguno de los dos. Por esa razón negaba ante los suyos su día a día. Inventaba exámenes, apuntes, anécdotas de su vida universitaria.
Hubo suerte. El autobús partió y aquella chica ya había subido. Realmente era algo absurdo. Él llegaría tarde a cambio de no existir esa posibilidad de saludarse. ¿Realmente hubo suerte? ¿No era mucho mejor afrontar aquella especie de problema? No. Aquella no era una mañana en la que uno se siente que puede con todo. Pesaban demasiado aquellas losas de cemento imaginario que obligan a suicidarse emocionalmente todas las mañanas del lunes.
-Y tú, ¿qué?
- Esas mañanas suelo caminar. Pero en el fondo, más allá de aquel esfuerzo que origina madrugar, más allá de esa sensación triste de obligación, siento envidia hacia ellos. Saben donde van. Y qué hacer. Yo no tengo ni eso. Tengo esta cartera llena de libros y apuntes inútiles a día de hoy, Tengo este reloj que me marca el tiempo que voy a perder esta mañana. Tengo estas piernas que no tienen ni idea de qué se van a encontrar.
-Curioso, ¿no? Tú que le das tanto valor al tiempo.
- Efectivamente. Sin embargo no puedo ser sincero. Ya me duele serlo conmigo mismo. Imagínate con los demás.
- Y por cuánto tienes previsto que dure esto?
Era una buena pregunta. Una pregunta, sin embargo, reiterativa. No era la primera vez que se la formulaba. Nacho se había instalado desde hace tiempo en una especie de statu-quo sin retorno. No admitía aquella situación pero tenía la sensación de que no podía hacer nada para remediarla. Nacho manejaba como podía aquellas dos vidas paralelas. Para muchos era ese joven que estudiaba una prometedora carrera. Un chico feliz, culto y decidido en cuanto a su presente. Con dudas pero que tenía bien asignado su futuro. Despierto aunque tímido. Con inquietudes y sueños pero con un gran sentido práctico. Pese a ello, su alter ego describía un muchacho apático, derrotado. Excéptico, incapaz, lacónico, imaginativo e irreal. Nacho había abandonado sus estudios universitarios de manera formal pocos meses antes. La sombra de aquel nuevo fracaso era demasiado alargada como para desvanecer la confianza y las ilusiones depositadas en su otra realidad.
Curiosos son los días laborables. Sobretodo los lunes a primera hora de la mañana. Caras sombrías, serenas, con el perfume de la nostalgia del fin de semana pasado. Caras con ojos negros, caras derrotadas por lo impuesto. Obligadas a vivir estigmatizadas por la agonía de aquel lunes. La parada del seis estaba abarrotada. Nacho dirigió la vista hacia una chica que conoció en el colegio. Prejuicio. Asco. Aceptación. Cordialidad. Lejanía. Odio. Esa era la gran montaña de sensaciones que sintió hacía aquella persona. Evitaban verse para no llegar a la temida situación bochornosa de darse un saludo no correspondido por alguno de los dos. Por esa razón negaba ante los suyos su día a día. Inventaba exámenes, apuntes, anécdotas de su vida universitaria.
Hubo suerte. El autobús partió y aquella chica ya había subido. Realmente era algo absurdo. Él llegaría tarde a cambio de no existir esa posibilidad de saludarse. ¿Realmente hubo suerte? ¿No era mucho mejor afrontar aquella especie de problema? No. Aquella no era una mañana en la que uno se siente que puede con todo. Pesaban demasiado aquellas losas de cemento imaginario que obligan a suicidarse emocionalmente todas las mañanas del lunes.
-Y tú, ¿qué?
- Esas mañanas suelo caminar. Pero en el fondo, más allá de aquel esfuerzo que origina madrugar, más allá de esa sensación triste de obligación, siento envidia hacia ellos. Saben donde van. Y qué hacer. Yo no tengo ni eso. Tengo esta cartera llena de libros y apuntes inútiles a día de hoy, Tengo este reloj que me marca el tiempo que voy a perder esta mañana. Tengo estas piernas que no tienen ni idea de qué se van a encontrar.
-Curioso, ¿no? Tú que le das tanto valor al tiempo.
- Efectivamente. Sin embargo no puedo ser sincero. Ya me duele serlo conmigo mismo. Imagínate con los demás.
- Y por cuánto tienes previsto que dure esto?
Era una buena pregunta. Una pregunta, sin embargo, reiterativa. No era la primera vez que se la formulaba. Nacho se había instalado desde hace tiempo en una especie de statu-quo sin retorno. No admitía aquella situación pero tenía la sensación de que no podía hacer nada para remediarla. Nacho manejaba como podía aquellas dos vidas paralelas. Para muchos era ese joven que estudiaba una prometedora carrera. Un chico feliz, culto y decidido en cuanto a su presente. Con dudas pero que tenía bien asignado su futuro. Despierto aunque tímido. Con inquietudes y sueños pero con un gran sentido práctico. Pese a ello, su alter ego describía un muchacho apático, derrotado. Excéptico, incapaz, lacónico, imaginativo e irreal. Nacho había abandonado sus estudios universitarios de manera formal pocos meses antes. La sombra de aquel nuevo fracaso era demasiado alargada como para desvanecer la confianza y las ilusiones depositadas en su otra realidad.
No Nos Damos Cuenta
.. Y es cierto. No nos damos cuenta. Seguramente un escrito de similar contenido se habrá contado mucho antes. Pero precisamente en eso radica su importancia. En que no nos damos cuenta. A menudo nos cuestionamos acerca de nuestra felicidad sin contemplar acaso aquellos detalles que nos hacen seres humanos, que nos hacen personas. Dicen que la felicidad se concentra en las pequeñas cosas. Pequeños detalles imperceptibles en el cotidiano vaivén que llamamos vida. Pero, como niños pequeños, cuando dejan de ser entendemos perfectamente el valor que tienen. Poder respirar sin congestión, consumir alimentos sin dolor. Sonreir. Llorar. Mantener la mirada fija. Pequeñas cosas que, a día de hoy, seguramente no entendemos como un complemento hacia la felicidad. Sin embargo un percance pone a examen nuestras percepciones. Y es que estamos rodeados de vida. Nos movemos. Gesticulamos. Vocalizamos. Pensamos. Entendemos. Amamos. Y nos parece tan sumamente normal.
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