Con entusiasmo, salimos a la calle. Caminando alegremente, sin urgencias, danzando por la avenida, tan sólo el sonido de una emocionante conversación. De repente, sin previo aviso, su madre se dio de bruces contra nosotros. Parecería tener prisa pues se marchó corriendo, por delante nuestra, sin apenas mirarnos.
Andubimos unos pasos más y Sandra se detuvo, colocó su espalda en la pared y comenzó a mirarme, a hablarme de temas banales, qué sé yo, quizá de muñecas o del colegio. Quién sabe hasta qué punto son banales los temas, si relativizamos estos de manera individual o guiados por la edad de cada uno de los interlocutores. Lo cierto es que no recuerdo qué me estaba contando con tanta fantasía, pero derrochaba ilusión por cada uno de sus ojos marrones.
Algo interrumpió el diálogo. A lo lejos, divisamos un descapotable azul oscuro, antiguo pero majestuoso. Dentro de él se escontraba Antonio, en el asiento del copiloto, y Martín y Marina en la parte de atrás. No consigo recordar la cara del conductor.
- ¿Adonde vais?
- Voy a acampañar a Sandra al colegio. Acaba de pasar Asun hace un momento.
- No creo que lleguéis a estas horas al colegio. Subid.
Y de aquella manera nos montamos en aquel coche. Una vez en él, la estancia, al menos para mí, no pudo ser más incómoda. Había poco sitio y tuve que sujetarme en una barra a modo de tiovivo, en la esquina derecha del automóvil, lo que, al cruzar una esquina, y ante el riesgo de accidente, me hizo decidirme a bajarme del vehículo.
--------------------------------------------------------------------------------------
Estaba dentro del coche. No sé si del mismo, éste era seguramente más pequeño, similar a un Renault Clio. Los asientos parecían recubiertos de una tela parecida a la felpa y era de todo menos espacioso. A mi lado se sentaba Antonio, por delante Martín y Marina; Noté que mi hermano Martin estaba cada vez más delgado, a medida que iba acercando mi vista hacia él.
- Martín, ¿estás adelgazando? - pregunté yo.
- No puedo con mi enfermedad.
En aquel momento, se subió la camiseta y me mostró su abdomen desnudo, desfigurado, raquítico. No eran precisamente musculos definidos por el deporte, el esfuerzo y el trabajo sino que eran fruto de una enfermedad. En ese instante pensé que sufría cáncer, de hecho creo que susurré la palabra de seis letras, de manera casi imperceptible pero notando que él lo había notado, pues bajó la cabeza.
Hablé con Antonio para evitar afrontar directamente la situación con Martin pero daba igual. Estaba destrozado. Por mi cabeza fluía la relación que llevaba con él: fría, desconfiada, incluso despectiva. Y ahí estaba; afectado, hundido, desaparecido. La noticia figurada por mí, su cabeza agachada y su mirada gris dibujaban el paisaje de mis pensamientos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario